Álex abandonó el calor del ascensor del metro, metió las manos en los bolsillos de su grueso plumífero al salir a la calle y se dirigió a la puerta del centro comercial, caminaba con cuidado para no resbalar a causa de la sal que había en la acera. Decidió esperar a Sergio cerca de la entrada, intentando no pensar en el frío que le irritaba los labios y le golpeaba la cara. Comenzó a nevar suavemente y se resguardó bajo la cornisa del edificio, él llegaba más de cinco minutos tarde. A pesar de intentar no darle vueltas, le resultaba extraño que no la hubiera ido a buscar a casa en coche, como había hecho todos los días desde que habían empezado a salir juntos. "Me he malacostumbrado, eso es todo." pensó, y entonces lo vio cruzar la calle corriendo, con el semáforo en rojo.

Tres meses después de conocerlo aún se le ponían los pelos de punta al ver aquella sonrisa ladeada, lo primero que la había atraído de él. La saludó con la mano cuando llegó a la acera, su cabeza sobresalía un poco entre el gentío mientras se acercaba caminando con la espalda recta, pero en lugar de no apartar los ojos de Álex, como siempre había hecho, miraba a su alrededor, como si estuviera buscando a otra persona. Observó su piel bronceada a pesar de estar en pleno invierno, su cuerpo fibrado escondido bajo la ropa de abrigo, y el pelo castaño y lacio, cortado de manera desigual, que se arremolinaba a causa de las ráfagas de viento. Al llegar a su lado la besó en los labios y le acarició la mejilla con la mano.

- Hola preciosa, estás helada- le puso un brazo sobre los hombros y caminaron juntos hacia el interior del centro comercial.

Una vez dentro, entraron en la cafetería a la que solían ir. Ya en la mesa se quitaron los abrigos, Álex se recostó contra Sergio y le preguntó si estaba bien. Él le contestó que sí, sin mirarla, parecía ocupado, observando a través de los grandes cristales a la gente que iba de una tienda a otra, cargados de bolsas. Ella pasó el brazo tras su espalda, sin parar de mirarlo, hipnotizada. No dejaba de sorprenderse de lo mucho que lo amaba, pero era un sentimiento al que ya no temía. Durante demasiado tiempo, tras una mala relación, había preferido divertirse con chicos diferentes sin comprometerse demasiado con ninguno. Hasta que, de la manera más extraña e inesperada, Sergio había aparecido en su vida y había roto la capa de escarcha con la que ella protegía su corazón. Intentó escaparse de él cuando se dio cuenta de lo que estaba empezando a sentir, de todas las cosas que hacía con él y que al llegar a su casa le parecían tonterías de quinceañera. La primera vez que se sintió amenazada fue cuando apostó una cena con él. Ella nunca había salido a cenar con un chico con el que solo se acostaba, pero con Sergio todo había sido diferente desde el principio. Abrazada a él, se dio cuenta de que era feliz, aún cuando él daba sorbos distraídos a su taza, atento a lo que pasaba tras el cristal, como si se hubiera olvidado de que ella estaba a su lado en el sofá.

Mientras le acariciaba el pelo de la nuca, Álex notó como los músculos de Sergio se tensaron repentinamente. Dejo el café sobre la mesa, la apartó suave pero firmemente de él y se levantó rápidamente, solo pronunció un "Espérame aquí" antes de dirigirse apresurado hacia la puerta. En aquel momento, ella no pudo evitar pensar que algo iba mal, siempre se lo contaban todo, les costaba mucho separarse, aunque fuera por cinco minutos, y Sergio siempre era cálido, cariñoso y atento. Pero hoy no. Al verlo alejarse la invadió el temor de que no volviera, así que recogió los abrigos, dejó sobre la mesa todo el dinero que guardaba en el bolsillo y corrió tras él sin esperar el cambio, llamándolo para que la esperara.

Cuando lo alcanzó y le pasó el brazo por la cintura, la miró contrariado.

-Te pedí que me esperaras en la cafetería.

-Contigo...- contestó Álex con ojos suplicantes.

Sergio la cogió de la mano y siguió caminando tan rápido que le resultaba difícil seguirlo. Entraron en la gran tienda de videojuegos que estaba justo enfrente de la cafetería, y se pararon ante el estante de consolas de segunda mano. Él comenzó a mirar los precios, pasando su mano por algunas de las cajas mientras se giraba cada poco tiempo para observar el stand de los estrenos, situado en el medio del establecimiento, donde solo estaba una chica de media melena desfilada y llena de mechas rubias que leía distraída la contraportada de uno de los juegos. Por la atención que Sergio le prestaba, como si esperara que la chica se diera cuenta de que estaba allí, Álex no pudo evitar compararse con ella, y decidió que salía perdiendo.

Aquella chica era más alta, y la camiseta que llevaba bajo su abrigo abierto dejaba ver un sugerente escote, le dolió reconocer que más que el suyo, del que se sentía orgullosa normalmente; al observar el trozo de tripa tersa y plana, no pudo evitar bajarse la cintura de su sudadera. La piel de su cara era pálida y tersa, casi etérea, sin imperfecciones. Observó sus manos mientras le daba la vuelta a la caja para ver la portada y se fijó en la manicura francesa, avergonzada de sus uñas mordidas guardó las manos en los bolsillos y se cruzó por su cabeza la imagen de aquella chica junto a Sergio, la buena pareja que harían. Se sintió insegura, poco sensual y, por primera vez en meses, se preguntó con amargura qué era lo que él había visto en ella. Le robó un beso a su novio, y sintió como él se lo devolvía solo por compromiso. Lo abrazó por la cintura y ambos siguieron observando en silencio a la chica, que se dirigía a la caja.

Cuando ya había pagado, posó sus ojos, de un azul profundo y turbador, en Sergio por un instante casi imperceptible, apretando entonces los labios rosados, carnosos, y salió de la tienda sin prisa. Miles de preguntas abordaron a Álex ¿Quién era? ¿Por qué parecían conocerse y no se saludaban? ¿Cómo se habían cruzado sus vidas, en otro tiempo, cuando no estaban juntos? ¿La habría querido alguna vez? ¿La habría deseado?¿Por qué si no iba a espiarla de aquel modo?. Sin embargo, cuando salió por la puerta, Sergio volvió a mirarla con la ternura a la que la había acostumbrado, y le propuso ir al cine a ver una película. Ella prefirió no preguntar nada por miedo a las respuestas, y se repitió que todo estaba bien, se estaba convirtiendo en una paranoica. Caminando al lado de Sergio, lució la mejor de sus sonrisas nerviosas.

Cenaron en un restaurante tailandés y fueron a casa de Sergio a pasar la noche. Ella se quedó mirándolo dormir un buen rato antes de rendirse y cerrar los ojos, él, sumido en un sueño tranquilo, respiraba pausadamente mientras la abrazaba contra su pecho desnudo bajo el grueso nórdico. Aquella noche, Álex soñó que caía en un abismo negro e infinito.

Al abrir los ojos por la mañana temprano, observó la silueta de Sergio, dibujada por la luz entre las rendijas de la persiana medio cerrada. Cuando dio una calada al cigarro se le iluminó tenuemente la cara, y ella se dio cuenta de que miraba hacia la nada, pensativo, y lo sintió más distante que nunca. Un escalofrío recorrió su espalda bajo el edredón y cerró los ojos de nuevo para dormir un poco más.

No despertó completamente hasta bien entrado el mediodía, y él ya no estaba a su lado. Odiaba despertarse sola, pero lo que más la preocupó fue que era la primera vez que él abandonaba la cama sin despertarla con un beso o una caricia, la primera vez que dormían juntos y no escuchaba su voz grave dándole los buenos días nada más abrir los ojos. Al ponerse en pie le temblaron las piernas, fue al baño y se echó agua fría en la cara para despejarse, recogió lo que llevaba puesto el día anterior y lo metió en el cesto de la ropa sucia. Rebuscó en el armario de Sergio, se puso una amplia camiseta que apenas llegaba a cubrirle los muslos y se dirigió a la cocina.

Sergio estaba sentado, con las piernas estiradas y los pies encima de la mesa, bebiendo leche directamente del cartón y leyendo una revista de ciencia y tecnología. Al verla entrar sonrió mientras le daba los buenos días con un beso y la acariciaba por debajo de la camiseta. Ella cogió una taza y se sirvió del mismo brick. Apenas se dijeron nada. Vieron una película agazapados bajo una manta y Álex creyó descubrir una sombra triste cuando la miró antes de decirle que la llevaba a casa.

Subieron al Peugeot 307 azul y Álex sintió las lágrimas de impotencia intentando abrirse paso, las sometió con esfuerzo, dándose cuenta de que él no le acariciaba la pierna tras los cambios de marcha como solía hacer. Una cortina de incómodo silencio se alzaba entre ellos haciéndose cada vez más opaca, sin que ella pudiese entender lo que pasaba. Al llegar, aparcó el coche frente al portal y se quedó un momento callado, ella abría la puerta cuando la agarró del brazo y le pidió que volviera a entrar en el coche. Todas las alarmas se dispararon cuando él le dijo que se iba.

-¿A casa? Venga pequeño, sube un rato. Lo pasaremos bien - en un último movimiento desesperado por evitar enfrentarse a la realidad, se acercó y comenzó a acariciarle la entrepierna. Él la apartó.

-Escuchame. Me voy de Madrid, mañana. Quiero alejarme un poco de todo.

Álex no pudo contener las lágrimas por mas tiempo.

-¿De mí también?

-De todo- dijo mirándola a los ojos, sin el menor atisbo de compasión ante el dolor que ella sentía a ver como todos sus sueños se desmoronaban-. Quiero ver mundo, ser libre, vivir algo parecido a una aventura. Y supongo que aquí se acaba todo entre nosotros. Sé que...

-¿Que me vas a decir Sergio? ¿Que podemos ser amigos? ¿Que encontraré a otro chico que me quiera?

-Tranquila, desapareceré de tu vida con todo lo que pueda recordarte a mi, pronto me olvidarás y...

- No quiero olvidarte. Eres mi vida ¿no lo entiendes? No me dejes, por favor.

-Preciosa, aquí se acaba todo, debe ser así.

-Creí que eramos un equipo- los sollozos le impedían pronunciar claramente, pero él no mostró más que frialdad-. Socios. Prometiste no dejarme nunca. Hasta ayer estábamos bien.

-Ayer es ayer y hoy es hoy. Bájate del coche, por favor.

-¿Esto es todo, así, sin mas? Sin una explicación, sin nada...

Abrió la puerta y miró hacia atrás para que él la abrazara y le dijera que todo aquello no era más que una broma cruel, pero no pasó. Tras cerrar, se quedó en la acera bajo la nieve que caía despacio, siguiendo el coche con la mirada mientras se alejaba. Esperó más de un cuarto de hora, petrificada, hasta que finalmente el portero le abrió la puerta y se dio cuenta de que Sergio ya no volvería.

Se había acabado todo, en un segundo su vida había perdido el sentido, se sentía abandonada. Tiró la alianza de plata que él le había regalado por su primer mes juntos a una alcantarilla y llorando hechó a correr hacia el interior del edificio. Al llegar a su dúplex, el 223, se tiró sobre la cama y pasó toda la noche mordiendo la almohada para que su abuelo no la oyera gritar de dolor, al sentir su corazón hecho trizas.